Hace algunos años, tuve la oportunidad de viajar a la ciudad de San Juan, República Argentina. Fui a participar de una exposición de artesanías. Eramos cuatro en total. Buscamos una casa para alquilar algunas habitaciones y encontramos la casa del Sr. Morales, quien nos alquiló dos habitaciones dentro de su casa. La misma estaba cerca del predio de la feria. Era muy confortable, y la verdad es que pasamos muy lindos momentos allí.
Yo había dejado a mis dos hijos pequeños, mi hija tenía ocho años y mi bebé tenía solo 9 meses de edad, en Paraguay por lo cual quería hablar por teléfono para saber como estaban todos. En esa época, estaban muy de moda los teléfonos a tarjeta. Y frente a la casa del Sr. Morales, había casualmente un teléfono público. Le pregunté dónde podía conseguir la tarjeta para realizar una llamada internacional y me dijo: " Anda hasta la esquina, sobre esta misma vereda, allí hay un kiosco, ellos venden."
Bueno, le dije, busqué mi plata y me fui hacia el kiosko.
Me acuerdo tan bien. Era un precioso día otoñal y había un sol espectacular. Yo tenía puestas unas calzas estampadas que había comprado en otro viaje, una remera y el cabello que por aquél entonces lo tenía muy largo y lo llevaba suelto.
Debo admitir que por ese entonces era tremendamente engreída. Entonces imaginen, voy caminando con el pelo al viento, sintiéndome una diosa y llego a donde yo creía que era el kiosco. Veo que en la murallita había sentado un señor fumando. El señor me miró y pareció que me iba a decir algo pero yo levanté la nariz y lo ignoré. y entré. A medida que me iba acercando a la casa, vi que la puerta que estaba abierta daba a una cocina donde se estaba cocinando algo en unas ollas. Parpadee varias veces porque no entendía que pasaba. Así que empecé a tragar saliva y dándome vuelta lentamente le pregunto al señor que estaba sentado si acaso ese no era el kiosco. Me miró muy mal y me dijo: "Al lado"
Creía que me iba a morir de la vergüenza, quedé roja como un tomate. Traté de disculparme como pude y salí de SU CASA.
Lo que se rieron de mi en ese viaje no tiene nombre. Y hasta ahora cada vez que me acuerdo de esa historia, entre medio de las risas me embarga una gran vergüenza por haber sido tan despistada!
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