jueves, 3 de septiembre de 2015

En libertad

Nos enseñaron que era normal (dentro de la norma) para nuestra cultura occidental, que al enamorarnos o encontrar el amor de nuestras vidas, debíamos casarnos y que con eso quedaba sellado un compromiso que finalizaba con la muerte de uno de los dos cónyugues (...hasta que la muerte los separe) Por este motivo, años atrás la mayoría de las personas vivían irremediablemente casadas aunque no fueran felices, y digo la mayoría, no todos. Con el transcurso de los años  la situación fué cambiando; por diferentes circunstancias, cada uno dentro del matrimonio necesitaba más espacio, necesitaba más formas para expresarse y así comenzó una lucha, la cual condujo muchas veces a la separación en un principio y luego  al divorcio. 
Las promesas de amor eterno que una vez se juró la pareja no pudieron soportar la vida monótona y la rutina. Al casarse las personas terminaban olvidando quiénes en realidad eran o en el peor de los casos jamás se habían enterado quién era cada uno. Así la brecha fue creciendo. El amor incondicional se volvió costumbre, y eso amigos míos es la sentencia de  muerte de cualquier pareja. Desde mi punto de vista, la libertad es lo primero que uno debe respetar al encontrar a esa persona única, a esa que será nuestra compañera, nuestra amiga, nuestra amante, puesto que cada uno tiene una historia previa y una historia que desarrollar. ¿Pero cómo lo hace si está atada?
A título personal estoy a favor de la libertad. Dónde hay libertad los lazos se estrechan y el amor crece. 
Y el amor es sinónimo de libertad. 

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